sábado, 6 de febrero de 2016

Después de tanto tiempo el Príncipe renace de sus cenizas

Y que mejor de manera de resucitar que con un texto aunque nadie vaya a leerlo...
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Todos me decían que no corriera tras estrellas que jamás podría alcanzar, pero un día en la playa vi una estrella caer y corrí hacia ella ansiando poder encontrarla allí donde cayera. Y corrí, y corrí sin detenerme, mientras veía a mi estrella cada vez más baja, cada vez más brillante, no podía parar, me sentía pletórico, cada segundo que pasaba me sentía más cerca de mi sueño, mi único anhelo, tener en mi poder una preciada, pequeña y bella estrella. Llegó un momento en que me di cuenta de que si quería alcanzarla debía adentrarme en el mar, ya que allí era donde caería mi estrella. Así que sin pensar corrí hacía el mar, me adentré en sus frías aguas de invierno y nadé sin descanso siguiendo la estela en el cielo que a su paso dejaba mi sueño, mi esperanza. Aquella estela acababa en el punto donde yo me encontraba, así que me detuve y esperé, y esperé durante unos instantes que a mis ojos se convirtieron en una vida entera. Cada vez la veía más cercana a mí, podía apreciar ya su forma, una pequeña esfera de cincuenta centímetros de diámetro, toda ella era de un material como el cristal o mejor dicho como un valioso diamante que brillaba con luz propia. Al fin estuvó a solo tres metros, dos metros, un metro y ya sería mía. Entonces llegó a mis manos, pero algo que no esperaba sucedió, mi estrella pesaba más de lo que hubiera esperado, tanto que me hundí, cada vez más hondo, pero no la solté, no podía, no era capaz de abandonar mi sueño ahora que al fin había logrado conseguirlo. Y allí fue donde morí, enterrado en la gran extensión del océano de mis recuerdos junto con mis sueños de esperanza y libertad.